Cuando comenzó el nuevo sistema, el dólar se fijó en Bs 9,73. Hoy la cotización alcanzó Bs 11,80, lo que representa un incremento del 21,3%
A un mes de la implementación del régimen de tipo de cambio flexible, Bolivia enfrenta un escenario donde el dólar continúa en ascenso, la inflación mantiene presión sobre los precios y la incertidumbre económica sigue alimentando la demanda de divisas. Si bien el nuevo sistema permitió transparentar un mercado cambiario que había dejado de reflejar la realidad, economistas advierten que la medida, por sí sola, no resolverá los problemas estructurales que arrastra el país.
Han transcurrido 30 días desde que el Gobierno puso fin a más de 15 años de un tipo de cambio fijo y adoptó un régimen de cambio flexible mediante la Resolución Ministerial N° 245, vigente desde el 29 de junio de 2026. El objetivo era sincerar el precio de la divisa y reducir la brecha entre el mercado oficial y el paralelo, una diferencia que se había vuelto insostenible.
Sin embargo, el primer balance deja más interrogantes que certezas.
Cuando comenzó el nuevo sistema, el dólar se fijó en Bs 9,73. Hoy la cotización alcanzó Bs 11,80, lo que representa un incremento del 21,3% en 30 días y una depreciación del 65,8% respecto al antiguo tipo de cambio fijo de Bs 6,96.
Este comportamiento tuvo un efecto inmediato sobre el costo de vida. Los contratos pactados en dólares para la compra de inmuebles o el pago de servicios incrementaron significativamente su costo en bolivianos. Un compromiso mensual de 200 dólares, que antes equivalía a Bs 1.392, ahora demanda alrededor de Bs 2.308, generando reclamos por el vacío legal existente para este tipo de obligaciones.
A ello se sumó el encarecimiento de productos importados como medicamentos, equipos electrónicos, vehículos, maquinaria e insumos para la construcción, cuyos precios comenzaron a reflejar el nuevo costo de la divisa.
El ministro de Economía, José Gabriel Espinoza, atribuyó este comportamiento a un fenómeno temporal de «overshooting», es decir, un exceso de reacción del mercado producto del desbalance entre oferta y demanda, que estima podría mantenerse mientras los agentes económicos se adaptan al nuevo régimen.
Inflación y acceso limitado al dólar
El sinceramiento cambiario también coincide con un contexto inflacionario. Los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) muestran que el Índice de Precios al Consumidor registró una variación mensual del 2,15%, mientras que la inflación acumulada del primer semestre alcanzó el 4,82%. En términos interanuales, el indicador llegó al 9,23%, ubicando a Bolivia como el cuarto país con mayor inflación de América Latina, solo por detrás de Venezuela, Argentina y Cuba. Los mayores incrementos se registraron en alimentos consumidos fuera del hogar, transporte, carne de res, pollo, tomate y plátano.
Pero el impacto no se limita al aumento de precios. Pese al nuevo esquema cambiario, el acceso al dólar continúa restringido para la población. El economista Jaime Dunn sostiene que las entidades financieras siguen operando con fuertes limitaciones para vender divisas y otorgar créditos en moneda extranjera. Según explica, los dólares disponibles se destinan prioritariamente a sectores importadores mediante el mercado interbancario, mientras que el ciudadano común continúa encontrando dificultades para adquirir billetes estadounidenses.
Esta situación mantiene vigente el mercado paralelo, donde el dólar se comercializa entre Bs 12 y Bs 13,21, dependiendo de la región del país, muy por encima del tipo de cambio oficial publicado diariamente por el Banco Central de Bolivia.
Una corrección necesaria, pero insuficiente
Para el secretario de Economía de la Gobernación de Tarija, Fernando Romero, el primer mes del tipo de cambio flexible deja un «balance mixto», con predominio de resultados negativos en el corto plazo.
El economista considera que el principal acierto del Gobierno fue reconocer una realidad que el mercado ya reflejaba desde hace meses: el antiguo tipo de cambio fijo había dejado de representar las condiciones reales de oferta y demanda de divisas. La flexibilización permitió reducir parcialmente la brecha entre el precio oficial y el valor de mercado, mejorando la transparencia y disminuyendo algunos incentivos para la especulación.
No obstante, advierte que la rápida depreciación del boliviano demuestra que los problemas de fondo permanecen intactos.
Romero identifica tres causas estructurales detrás de la continua presión sobre el dólar. La primera es que Bolivia genera menos divisas de las que demanda, producto de la caída de las exportaciones de gas, la menor inversión extranjera y una creciente necesidad de dólares para importaciones, turismo, remesas y pago de deuda externa.
La segunda responde a la incertidumbre económica. El elevado déficit fiscal, la desaceleración del crecimiento, el incremento de la deuda pública y la escasez de divisas impulsan a empresas y familias a refugiarse en el dólar, reduciendo aún más la oferta disponible.
El tercer factor es la debilidad de las Reservas Internacionales Netas. Aunque alcanzan aproximadamente 3.659 millones de dólares, apenas 606 millones corresponden a divisas de libre disponibilidad, lo que limita la capacidad de intervención del Banco Central en el mercado cambiario.
Los sectores más golpeados
La depreciación del boliviano ha tenido efectos prácticamente generalizados, aunque Romero identifica tres sectores especialmente afectados.
Las empresas importadoras enfrentan mayores costos para adquirir materias primas, medicamentos, maquinaria y bienes de consumo. Muchas trasladaron esos incrementos a los consumidores, mientras otras absorbieron parte del impacto reduciendo sus márgenes de ganancia.
Las familias también sufren la pérdida de poder adquisitivo, especialmente por el incremento en el precio de medicamentos, alimentos procesados, repuestos, materiales de construcción y equipos electrónicos.
A ello se suma el sector público, donde el aumento del tipo de cambio incrementa el costo del servicio de la deuda externa y de las importaciones de combustibles, medicamentos y equipos estratégicos, reduciendo el margen fiscal del Estado.
¿Qué puede ocurrir ahora?
De cara a los próximos seis meses, Romero plantea tres escenarios posibles.
El primero, y el que considera más probable, es que continúe la volatilidad cambiaria acompañada de una depreciación gradual del boliviano mientras persistan el déficit fiscal y la escasez de divisas.
Un escenario más optimista dependería de la aplicación de un programa integral de estabilización económica y de la obtención de financiamiento externo, entre ellos un eventual crédito del Fondo Monetario Internacional por 2.800 millones de dólares que permita fortalecer las reservas internacionales y recuperar la confianza de los mercados.
El escenario de mayor riesgo contempla un deterioro adicional de las cuentas fiscales, una reducción de las exportaciones o un incremento de la incertidumbre política, factores que podrían acelerar nuevamente la demanda precautoria de dólares y provocar nuevas depreciaciones del boliviano.
El reto va más allá
Para Romero, el éxito del régimen flexible no dependerá únicamente de la cotización diaria del dólar, sino de la capacidad del Gobierno para corregir los desequilibrios macroeconómicos que originaron la crisis.
Entre las medidas urgentes menciona un programa de consolidación fiscal que reduzca el déficit público, políticas que impulsen la generación de divisas mediante mayores exportaciones e inversión privada, y el fortalecimiento de las Reservas Internacionales con recursos que permitan estabilizar el mercado cambiario sin destinarlos al financiamiento del gasto corriente.
«Ningún banco central puede estabilizar indefinidamente el tipo de cambio si la economía no genera suficientes divisas», sostiene Romero, quien concluye que la recuperación de la confianza en el boliviano dependerá menos del régimen cambiario y más de la capacidad del país para restablecer sus fundamentos económicos.
Fuente: El País
